Jaime Bayly es un ambivalente - ha confesado abiertamente su condición gay mas allá de toda duda - periodista peruano que adversa a Hugo Chávez con todas sus fuerzas y que no vacila en atacarlo personalmente, mediante artículos publicados, en revistas y periódicos, y a traves de la televisión.Es por esa manifiesta adversión política y odio personal que Bayly siente por Chávez que me parece increíble que haya escrito un artículo atacando la credibilidad del tristemente famoso hombre del maletín, Guido Antonini Wilson, testigo de excepción de un caso que la fiscalía de Florida lleva contra cuatro ciudadanos - tres venezolanos y un uruguayo - a quienes acusa de ser agentes encubiertos del gobierno venezolano en territorio estadounidense. Y resulta ser que Antonini Wilson no es un personaje anónimo sino mas bien un personaje mediático que está envuelto en un triángulo diplomático, de mayúsculas implicaciones políticas, cuyos ejes son Venezuela/Argentina/Fiscalía de Florida.
Las implicaciones políticas vienen al caso por la apresurada (apropiada?) acusación de la Aministración Bush de que el maletín con los 800.000 US$ era para financiar la candidatura de [la hoy presidenta] Cristina de Kirchner a las presidenciales argentinas de Octubre pasado.
Obviamente calculó mal el imperio: la sociedad argentina como un todo se aglutinó en torno a su presidenta y en la defensa de la nación ante la injuria extranjera, y en eso los argentinos nos han dado [a los venezolanos oposicionistas] una lección de nacionalismo, por cuanto la orgía mediática de los medios de desinformación venezolanos - léase GloboVisión, RCTV, Televen, El Nacional, El Universal, La Verdad, etc, etc. - se han aliado a la tesis gubernamental estadounidense de que Venezuela financia en América Latina a partidos políticos y movimientos sociales afines con el chavismo.
Porque esa es la táctica imperial, presentar a Venezuela como un país que se entromete ilegalmente en los asuntos internos de otros paises, o como dijo el presidente Uribe - repitiendo sin duda el discurso de Bush - "expandiendo su proyecto bolivariano por toda la región". Y esa táctica imperial pasa por aislar a Venezuela de la región, pretendiendo frenar de esa manera la influencia natural que una nación con el peso político y económico de Venezuela tiene mas allá de sus fronteras geográficas.
Y han fracasado en el intento y seguirán fracasando en el futuro, porque podrán engañar y chantajear gobiernos pero no podrán manipular la conciencia de los pueblos.
Al respecto las declaraciones de Cristina de Kirchner son pertinentes. Como la primera reacción de alto nivel a la detención de cuatro personas relacionadas al caso del maletín, Cristina de Kirchner defendió sus relaciones bilaterales con Venezuela, señalando de "operación basura" estos encarcelamientos hechos por el FBI mas la consiguiente acusación del financiamiento venezolano a su candidatura. "Esta Presidenta no se va a dejar presionar (...) Más que países amigos, quieren países empleados y subordinados", fueron algunas de las frases que la flamante presidenta argentina dijo.
En el caso del maletín, conviene recordar que Antonini Wilson, al momento de la confiscación de los dolares, le informó a las autoridades aduaneras aeroportuarias que el dinero era suyo, por lo cual el dinero le fue confiscado, ya que no fué 'declarado' al momento de su ingreso a territorio argentino. Hasta allí lo que se manejó al principio como un delito menor de ingreso ilegal de divisas - que no comportaba la pena de prisión sino de confiscación - luego, por obra y gracia de la orgía mediática, fue convertido en un escabroso asunto de componendas políticas e intereses supranacionales. Poco importaba que Antonini Wilson era el dueño del maletín! Lo que importaba era que el avión pertenecía a PDVSA, lo que importaba era que en ese pájaro de metal viajaron funcionarios gubernamentales argentinos y funcionarios venezolanos de la estatal petrolera.
Lo cierto es que el hombre del maletín pudo viajar luego a los Estados Unidos a seguir haciendo su vida 'normal' en Miami (ah, que maravillosa ciudad donde un terrorista como Luis Posada Carriles puede convivir pacíficamente con sus habitantes y transitar libremente en sus calles y avenidas!). Luego, en un giro muy a lo estadounidense, mas propio de Hollywood que de un Estado donde impere la ley, Guido Antonini Wilson pasó de ser un imputado por la justicia argentina - y solicitado en extradición por el gobierno argentino - a ser un hombre 'protegido' por la Fiscalía de Florida y las autoridades federales de los Estados Unidos (Ah, que maravilloso país donde los que huyen de la justicia de otros paises pueden vivir como si en la vida nunca se hubiesen robado la leche del vecino!).
Otra cosa para el análisis es la declaración de culpabilidad de Moises Maionica en el juicio a los cuatro supuestos agentes extranjeros, quien pactó con la Fiscalía para declararse culpable, luego de en primera instancia haberse declarado inocente, y de que su padre, del mismo nombre, negara la posibilidad de que él se declarara culpable. Eso de 'pactar con la Fiscalía' en un juicio - que tiene connotaciones políticas negativas para Venezuela - radicado en Florida me da mala espina. Puedo imaginarme un sinnúmero de escenarios posibles: desde la presión, el chantaje, la amenaza y la coacción.
Y ¿quién es la pieza clave para desentrañar este misterio, de triunfar la ciega justicia, o para perpetuar una matriz que busca frenar la integración de los pueblos del nuevo continente, de triunfar los intereses de la política imperial?
Pues, Guido Antonini Wilson!
Y que bueno que alguien como Jaime Bayly, que es a Chávez como el petróleo al mar, nos explique - de su pluma antichavista - quién es [un hombre capaz de todo por ver a Hugo Chávez en la cárcel o fuera del Palacio de Miraflores] en verdad Antonini Wilson, el 'protegido' del FBI:
"Eran los primeros días del 2002, invierno en Key Biscayne, si podemos llamar invierno a unos días espléndidos, a pleno sol. Yo vivía en una casa en la calle Caribbean, una casa amarilla, de un piso, una de las más antiguas de la isla. Estaba obsesionado con escribir una novela que titulé El huracán lleva tu nombre. Me pasaba la noche escribiendo, escuchando los maullidos de los gatos y los chispazos de las regaderas que se encendían automáticamente. Cuando me daba hambre, subía a la bicicleta y pedaleaba hasta el Seven Eleven.
Una noche, bajando de la bicicleta en el Seven Eleven, un hombre alto y obeso me dijo: -¿Qué ha sido de tu vida, que ya no te veo en televisión? Le conté que me había retirado de la televisión de Miami, dado que mi último programa había sido cancelado, los ejecutivos de esa cadena acusándome de ser “demasiado intelectual y marica para los mexicanos de California”. El hombre apretó un botón que desactivó la alarma de su Mercedes del año, deportivo, color gris. Sentí que, al apretar ese botón, había experimentado una alegría rotunda, definitiva, una forma de alegría que siempre me sería esquiva.Para mi sorpresa, me preguntó dónde vivía. -En Caribbean road, muy cerca del Sonesta -le dije. -Yo tengo un hotel al lado del Sonesta -me dijo. -¿El Silver Sands? -pregunté. -Es mío -dijo. -Hombre, te felicito -dije. -Te invito mañana para que veas unas cabañas frente al mar que te pueden interesar -me dijo. Sacó su billetera y me dio su tarjeta. -Llámame -me dijo-. Tienes que ver las cabañas frente al mar. Son del carajo. Enrique Iglesias viene de vez en cuando con sus amigas. Luego subió a su auto.
Miré la tarjeta. Decía: Guido Antonini Wilson.
Al día siguiente, lo llamé. No tenía ganas de verlo, pero me intrigaba conocer las cabañas en las que Enrique Iglesias hacía travesuras. Lo traté de Guido, un nombre extraño en cualquier caso. Me dijo que pasaría a buscarme al final de la tarde. El señor Antonini vino a buscarme en un auto distinto del que había usado la noche anterior. Era un Mercedes grande, cuatro puertas, azul oscuro. Al subir, sentí ese olor a nuevo que conservan los autos recién salidos del concesionario. Llegando al hotel, me condujo a su oficina. Se sentó en un escritorio y me dijo que ese hotel era de su mujer, de la familia de su mujer, pero que él lo administraba como si fuera suyo y yo era bienvenido cuando quisiera. No me quedó claro (esas cosas nunca quedan claras) si me estaba diciendo que no me cobraría en caso de que me quedase en su hotel. Poco después caminamos hasta las cabañas con vista al mar. Quedé horrorizado con la decoración. -Son perfectas para escribir -mentí. Antes de irnos, le pregunté cuál era la cabaña en la que Enrique se escondía con sus amigas. Me llevó a la cabaña africana, atigrada, con pieles de animales y colmillos de elefantes, y dijo, señalando la cama:
-Aquí ha culeado Enrique Iglesias.
Luego añadió: -Cuando quieras, puedes venir. -Muchas gracias -dije. -Para mí será un honor recibirte -dijo. No quedó claro si el honor al que aludía me exoneraba de pagar por la cabaña. Al subir a su auto, pensé que me llevaría a casa. Me equivoqué. Guido me dijo que su mujer estaba ansiosa por conocerme. No me preguntó si yo sentía ansias recíprocas. Vivía en un departamento del Grand Bay, con todos los lujos previsibles. Recorrimos medio departamento sin que su mujer diese señales de vida. Al pasar por la cocina, una empleada dijo que la señora estaba en la lavandería. En efecto, allí mismo estaba. La señora Jacqueline era agradable y distinguida, aunque no necesariamente guapa. Me saludó con afecto distante, como quien saluda a alguien que inspira, a la vez, curiosidad y temor. -No me pierdo tus programas -me dijo. No sentí que estuviera ansiosa por conocerme. Sentí que estaba ansiosa por seguir ordenando la ropa con la maniática minuciosidad de una millonaria aburrida. Guido me llevó a su biblioteca. Digo que era una biblioteca porque así la llamó él, no porque hubiese libros. Se sentó en su escritorio, me ofreció un trago, le dije que no bebía alcohol, puso cara de espanto, me invitó agua mineral y se sirvió un whisky.
Por fin hablamos de política. Me dijo que Chávez era una desgracia, que había instaurado un régimen autoritario y corrupto, que los amigotes de Chávez estaban haciéndose muy ricos, que no se podía hacer dinero a no ser que fueras socio del régimen. Me contó que era amigo de Carlos Andrés Pérez, que hablaban a menudo, que Carlos Andrés estaba en Santo Domingo, pero venía con frecuencia a Miami. Le dije que conocía a Carlos Andrés, que lo había entrevistado el año 97 o 98. Cogió el teléfono, llamó a Carlos Andrés y le dijo que estaba conmigo. Me dio sus saludos. Le dijo que cuando viniera a Miami, teníamos que juntarnos los tres “para hablar de política”. Hablaron de cosas que no entendí y cortó.
Mi amigo Guido se sirvió otro trago y me dijo: -Chávez no va a durar. Va a caer pronto. Lo vamos a tumbar. Le dije que eso sería difícil, dado que los militares lo apoyaban y muchos de sus compañeros de promoción ocupaban puestos claves. -Acuérdate de mí -insistió-. A Chávez lo tumbamos. Va a terminar en la cárcel. Pensé que estaba fanfarroneando, que quería hacer alarde de su poder y sus conexiones. Poco después me llevó a la cochera del edificio y me mostró su colección de autos de lujo: Hummers, Ferraris, Lamborghinis, Mercedes. -Cuando quieras, te presto uno de estos para que lleves a tus hijas a Orlando -me sorprendió. Yo le había contado que en pocos días llegarían mis hijas y nos iríamos a Disney. -Muchas gracias, pero no me animo -le dije. -Anda en la Hummer -insistió. -¿Y si choco? -le dije. -No pasa nada -dijo-. Todos están asegurados. -Pero el seguro no te cubre si yo manejo -dije. -No vas a chocar -dijo-. Y si chocas, decimos que yo estaba manejando. Tras esa exhibición de su riqueza, el señor Antonini me llevó a mi vieja casa amarilla, construida en 1953. -Llámame cuando lleguen tus hijas -me dijo.
Una semana después, mis hijas llegaron y les conté que había conocido a un extraño magnate venezolano que me había enseñado su colección de autos de lujo y me había ofrecido uno de ellos para irnos a Disney. -No voy a llamarlo -dije. -¡Estás loco! -me dijeron-. ¡Llámalo! -¿Y si es un millonario tramposo perseguido por la justicia? -¡No importa! ¡Llámalo! A pesar de mis temores, lo llamé. No contestó. Dejé un mensaje. No llamó de vuelta. Llamé dos o tres veces más. Dejé mensajes. No llamó.
Unos meses después, en abril, leí que le habían dado un golpe a Chávez. Me acordé de mi amigo Guido, de sus enfáticas palabras: -Chávez no va a durar. Lo vamos a tumbar. Lo llamé para preguntarle qué estaba pasando en Caracas. No contestó. No volví a verlo más, hasta una mañana, cinco años después, en que abrí un periódico en Buenos Aires y vi la foto de ese raro gordo bonachón, acusado de ser “el hombre de la valija”, el misterioso pasajero que llegó en un vuelo privado desde Caracas y quiso introducir ilegalmente un maletín con ochocientos mil dólares en efectivo. Lo primero que pensé fue: Suerte que no me prestó su Hummer para ir a Disney. Lo siguiente que me dije fue: ¿Pero este gordo no estaba conspirando contra Chávez? Luego me imaginé a su esposa ordenando la ropa minuciosamente en la lavandería del apartamento de lujo, odiándolo en silencio.
Fuente: "Ese raro gordo bonachón". Diario Correo, Perú.















Cortesía de la BBC de London
